13 de junio de 2024
Academia

Nunca más vamos a regresar al sistema que por 2 siglos nos hundió en la delincuencia, corrupción, desigualdad y la pobreza

Incluso algunos en la comunidad internacional se confunden. No entienden a quién representamos. Es extraño para ellos ver un gobierno que no represente a un grupo de poder fáctico, más que al pueblo mismo. Es extraño para ellos que detrás de este Gobierno no haya nadie más dando órdenes.

Discurso segundo año de gobierno Presidente Nayib Bukele

Hace algunos años, desde una tarima en El Salvador del Mundo, daba un discurso en donde le preguntaba a los asistentes si creían que El Salvador valía la pena.

Esa noche les recordaba cuánto tiempo habíamos esperado un cambio real en nuestro país.

En aquel momento, yo era alcalde de la capital, y apenas empezábamos con la idea de recuperar el corazón del Centro Histórico de San Salvador, a pesar de que todos nos decían que era imposible.

El resto de la historia, ustedes ya la conocen. Y eso que solo tuvimos 2 años para ejecutarlo. Luego llegó ARENA y todo se detuvo. Es más, retrocedió. Espero que ahora haya regresado al camino correcto, en el que lo dejamos, cuando terminó nuestro periodo en la alcaldía de San Salvador.

Y es que los cambios no son imposibles, pero tampoco son fáciles, mucho menos si son estructurales. Mucho menos cuando los retos son grandes.

¿Y qué reto podría ser más grande que transformar un país como el nuestro? Que fue saqueado, violentado, engañado y abandonado por tantas décadas, que había perdido hace mucho la esperanza y que estaba cansado de esperar el cambio que nunca llegó.

Pero los salvadoreños decidieron darle otra oportunidad a El Salvador, a pesar de tanto sufrimiento, promesas rotas y corrupción. A pesar de ver políticos que negociaron sus vidas a cambio de votos. A pesar de que lo único que cambiaba en cada elección, era el tamaño de la billetera de los que dejaron a nuestro país sumido en la pobreza y en el subdesarrollo.

A pesar de todo eso, los salvadoreños volvieron a creer en que sí podíamos cambiar. Y con valentía ganaron esa batalla el 3 de febrero del 2019, sin disparar ni una tan sola bala, sin derramar ni una tan sola gota de sangre, como lo intentaron en la guerra civil.

Ese día nos dieron un mandato, uno que asumimos y juramos que cumpliríamos: el de cambiar nuestro país, pero esta vez, de verdad.

Cuando las transformaciones no son cosméticas, hay que cortar los problemas de raíz. Puede que tengamos dolor, temor, preocupación y dificultades. Muchas veces hasta sentimos que es difícil seguir adelante.

Creo que todos, en nuestra vida personal, también hemos pasado por situaciones así. Y hemos experimentado la sensación de ver el camino cuesta arriba.

Pero en nuestro corazón, sabemos que tenemos que enfrentarnos a ese proceso, para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.

Eso es lo que ahora está viviendo nuestro país.

Durante tantos años, los salvadoreños nos fuimos condicionando, porque crecimos con la certeza de que nada iba a cambiar para nosotros. Vimos como algo normal que el rico siempre se hiciera más rico y el pobre siempre se hiciera más pobre. La mayoría de salvadoreños crecieron con el miedo de no saber si sus seres queridos iban a regresar a casa. Crecieron no solo con carencias, sino que les faltaba casi todo, incluso la mayoría de cosas que en otros países forman parte de lo más básico y desde hace décadas están garantizadas.

Generaciones enteras nacieron y murieron sin acceso a la salud, en un país donde la educación era un privilegio. Solo imagínense, desde que un bebé lloró al nacer, hasta que llegó a anciano y dio su último aliento. Toda una vida entera. Tantas vidas enteras. Y durante todo ese tiempo, y nada cambió.

Seamos sinceros: ¿Cuántas veces se preguntaron si nuestro país valía la pena?

En algún momento de nuestra vida, muchos nos lo preguntamos. En algún momento de nuestra historia, nuestro pueblo se lo preguntó. Pero hoy nuestro país se siente diferente.

Hoy, como su Presidente, les aseguro que El Salvador sí vale la pena.

Esta es la primera vez que realmente tenemos en nuestras manos la oportunidad de emanciparnos. De romper las cadenas que nos tuvieron tantos años atados a la injusticia, a la zozobra y al pesimismo.

Por primera vez en nuestra historia, los salvadoreños realmente estamos tomando las riendas de nuestro propio destino. Este destino inexorable que tardó 200 años en llegar. Este destino que es nuestro.

En el bicentenario de nuestra independencia de un poder colonial, logramos cambiar el sistema político formal.

Sin derramar sangre en una guerra, como lo hicieron los 2 partidos que están allá en la esquina. Sin negociar con criminales, como lo hicieron los 2 partidos que están allá en la esquina. Sin comprar gobernabilidad, como lo hicieron los 2 partidos que están allá en la esquina.

Logramos cambiarlo, sin postrarnos ante nadie, más que a Dios.

No voy a decirles que El Salvador es el país de las maravillas. No voy a venir a mentirles, a pintarles un país perfecto y sin problemas. Nos hace falta mucho por hacer.

Nuestra gente todavía tiene hambre. Nuestra gente todavía necesita empleos. Nuestra gente necesita pensiones justas. Muchas de las familias salvadoreñas todavía no tienen un techo digno donde vivir.

Han pasado apenas 2 años, en un país que lleva 200 años viviendo igual. Y llevamos apenas 30 días, de haber tomado democráticamente el poder formal.

Llevamos poco tiempo, pero estamos construyendo una verdadera democracia.

No estamos construyendo una democracia falsa, como la que instauraron las fuerzas del status quo.

¿O se puede llamar democracia a un sistema que permitió que un expresidente, blindado por sus apellidos y la oligarquía, despojara al pueblo de sus tierras, de su banca, de sus semillas, y además nos vendiera las medicinas con sobreprecio?

¿Se puede llamar democracia a un sistema que privatizó todo: las telecomunicaciones, la banca, las pensiones, la distribución de energía eléctrica… y hasta la seguridad? Por eso, tener una vivienda propia y segura, que debería ser algo básico, es algo casi imposible para el salvadoreño promedio.

Con los años, el Estado amplificó los problemas de muchos, para poder mantener e incrementar los privilegios de unos pocos.

A eso le llamaban democracia, pero yo le llamo cinismo e hipocresía.

Durante 200 años, la democracia fue una pantomima, todo era un teatro. Teníamos elecciones, pero cuando los políticos llegaban al poder se olvidaban del pueblo. Y a la hora de pedir de nuevo el voto, volvían las mentiras y las falsas promesas. Así funcionaba el sistema.

Sí, ese mismo sistema que algunos todavía defienden. Que algunos, exigen que volvamos a él.

A ellos nunca les importó la gente. Solo les importaban sus votos.

A ellos, les digo:

Sigan reclamando por ese sistema, que veía a nuestro país como su finca y a nuestra gente como sus peones. Sigan rasgándose las vestiduras, porque ya no se enriquecen a costa del pueblo. Sigan intentándolo, pero sepan que a los salvadoreños ya no nos engañan.

Nunca más vamos a regresar al sistema que por 2 siglos nos hundió en la delincuencia, en la corrupción, en la desigualdad y en la pobreza.

Mientras Dios me dé fuerzas, no lo voy a permitir.

En nuestro país siempre hubo un grupo de poder detrás de los gobiernos: un gobierno invisible que nadie eligió.

Lo vimos con la derecha, que tenía detrás a la oligarquía, y con la izquierda, que supuestamente venía del pueblo, y terminó sirviendo a esa misma oligarquía.

Con el tiempo descubrimos que eran dos caras de la misma moneda.

Esa oligarquía todavía tiene mucho poder, porque aún controla el aparato ideológico del Estado.

Ese aparato ideológico siempre ha sido hipócrita, pero muy poderoso.

Ahora, haciendo uso de él, nos quieren hacer creer que deberíamos regresar a como era antes.

¿O sea que antes estábamos bien?

¿O sea que las viejas instituciones sí resolvían los problemas de los salvadoreños?

¿Íbamos en el camino correcto en seguridad, en salud, en educación, en infraestructura?

Por tantos años, este aparato ideológico nos ha hecho creer que hay 2 tipos de seres humanos: el que vale algo y el que no. El que merece justicia y el que no.

Al que le daban resoluciones exprés en 24 horas y a los que llevan 20 años esperando la suya.

La justicia se representa con una mujer que tiene los ojos vendados, porque protege a todos, sin distinción. Tiene una espada, porque es fuerte. Y tiene una balanza, porque es justa.

Pero ninguna de esas tres cosas aplicaba para nuestro país. Porque la “justicia” nunca ha protegido a todos, porque nunca ha sido fuerte y porque nunca ha sido justa.

A diferencia de todo eso, detrás de este Presidente ya no hay oligarquía, no hay juntas militares y menos una comandancia guerrillera, que le dé órdenes de lo que tiene que hacer, para que ellos puedan aumentar sus privilegios.

Este gobernante que ustedes ven acá, sí tiene un grupo de poder detrás de él. Y ese grupo de poder se llama pueblo salvadoreño.

Por eso es que nuestros adversarios no nos entienden. Incluso algunos en la comunidad internacional se confunden. No entienden a quién representamos. Es extraño para ellos ver un gobierno que no represente a un grupo de poder fáctico, más que al pueblo mismo. Es extraño para ellos que detrás de este Gobierno no haya nadie más dando órdenes.

En la mayoría de los países, los gobiernos se deben a alguien: a financistas, a élites económicas, a comandancias partidarias, o algún grupo con el que deben quedar bien.

Nosotros no nos debemos a nadie, ni debemos quedar bien con nadie, más que con Dios y con la gente.

Ser su Presidente para mí es más que un honor. Sé que tengo la gran responsabilidad de cuidar del pueblo, y de proteger esta patria con mi vida si es necesario.

Ahora quiero hablarle al corazón de cada salvadoreño:

Este es el momento en que debemos actuar para, como dice nuestro himno nacional, conquistar nuestro feliz porvenir.

Transformar un país, de verdad, conlleva muchas cosas.

Así como ahora el Presidente gobierna con el pueblo y tiene la obligación de solventar sus necesidades, el pueblo también tiene la responsabilidad de defender los logros. Porque son de todos.

El pueblo defiende al pueblo. El pueblo cuida al pueblo.

Algunas personas que ahora me escuchan están en contra del Gobierno. Es un país libre, tienen derecho a no estar de acuerdo con nosotros. Pero no se pongan en contra de lo que estamos logrando para mejorar nuestro país.

Aunque todavía no tenemos los niveles de seguridad que quisiéramos, hace 2 años era impensable que El Salvador dejara de ser uno de los países más violentos del mundo.

Hace 2 años era impensable convertirnos en un ejemplo mundial del buen manejo de una pandemia. Que El Salvador iba a ser uno de los primeros países en el planeta en tomar medidas a tiempo. Que íbamos a construir la fase 1 de un hospital de primer mundo, con 400 unidades de cuidados intensivos en tres meses. Y que íbamos a tener uno de los ritmos de vacunación más rápidos de Latinoamérica.

Era impensable que empezáramos a romper la brecha digital de la educación en medio de una emergencia.

Era impensable que el Gobierno se iba a preocupar por darle dinero a la gente, para ayudar a sufragar los gastos familiares en la emergencia.

Era impensable que el Gobierno garantizara que la gente tuviera alimento en su mesa. Y además de eso, que pudiéramos ayudar a los pueblos hermanos de Centroamérica.

Era impensable que varios de los proyectos viales más grandes de nuestra historia se estén realizando al mismo tiempo.

En este momento, somos sede de un campeonato mundial de surf. El primero en la historia que clasificará atletas a los Juegos Olímpicos.

Mientras estoy hablando aquí, más de 50 naciones están siendo representadas en nuestras playas, por campeones mundiales que ahora surfean nuestras olas.

Y pensar que en medio de este evento hay gente que empezó a decir falsedades y otros a difundirlas, incluyendo medios de comunicación que se toman como referencia a nivel internacional.

Con tal de ver que fallemos, hay personas mezquinas que son capaces de inventar lo que sea y dañar algo, que más que un logro de nuestro Gobierno es un triunfo para nuestro país, es un triunfo para todos.

El Salvador no va a cambiar con sabotajes, ni volviendo al pasado.

El Salvador solo va a cambiar si somos valientes. Para defender las conquistas y compartir las victorias.

El pueblo defiende al pueblo. El pueblo cuida al pueblo.

Hace 2 años hicimos un juramento.

Ese día les dije que nuestro país era como un niño enfermo. Un niño al que todos debíamos cuidar. Que había que cuidarlo con valentía, y que teníamos que estar dispuestos a caer y levantarnos una y otra vez, porque la enfermedad era muy grande.

Pero también les dije que yo estaba seguro de que El Salvador avanzaría. Porque el cambio iba a venir de ustedes y porque solo ustedes podían decidir cómo querían ser gobernados.

Juramos defender la patria contra todo obstáculo, contra todo enemigo, contra toda barrera.

Hoy más que nunca necesitamos reafirmar ese juramento. Porque si bien todavía nos falta muchísimo camino por recorrer, no podemos negar que hemos avanzado, que no somos El Salvador de antes. Y no podemos permitir que nadie nos arrebate cada paso que hemos dado, ni los pasos que estamos por dar.

El 3 de febrero de 2019, nuestra historia empezó a cambiar para siempre. El 1 de junio de 2019, dimos otro paso más, haciendo ese juramento. El 28 de febrero de 2021, los salvadoreños reafirmaron el rumbo que querían tomar. Este 1 de mayo, nuestro país dio los pasos necesarios para seguir cambiando. Y hoy, este 1 de junio, es el quinto paso de esta historia.

Este día, inicia una nueva etapa para nuestro país. La etapa en la que ya no se trata de un Gobierno, de una Asamblea Legislativa o de un poder del Estado.

A partir de ahora, el reto es mucho más grande, los salvadoreños tenemos que decidir liberarnos del yugo de los poderes fácticos, que con su aparato ideológico han gobernado siempre. Y siguen intentando dominar nuestro país.

Si bien la oligarquía ya no está detrás del Presidente, ni detrás del Gobierno dando órdenes, siempre está ahí, peleando por seguir controlando al Estado.

Les molesta que las grandes decisiones de país ya no se tomen en las salas de conferencias de sus despachos.

Por tantos años, ellos gobernaron todo. El 1 de junio de 2019 dejaron de tener un Presidente que hacía lo que ellos decían. Pero siguieron teniendo la asamblea, la sala de lo constitucional, la fiscalía, los medios de comunicación y todo el aparato ideológico para detener a ese Presidente.

Por eso, tuvimos una época de conflictos entre los tres poderes del Estado sin precedentes en la historia de nuestro país. Incluso durante el pico más alto de la pandemia, el poder judicial de una manera arbitraria, ilegal y rayando en lo absurdo, le dio poderes especiales a la asamblea legislativa para poder actuar como órgano ejecutivo y que fueran ellos quienes decidieran las medidas a tomar en la pandemia.

En esta asamblea, intentaron numerosas veces decidir las medidas sanitarias para combatir el virus.

Y así pudiéramos mencionar incontables ejemplos. La mayoría de ellos, ustedes ya los conocen.

Y así fue, durante más de un año y medio, hasta que el 28 de febrero, perdieron el poder legislativo. Ahí decidieron que iban a controlar a nuestro país, desde el poder judicial, desde la Sala de lo Constitucional, desde el ministerio público, desde la fiscalía.

Pero el pueblo, a través de sus representantes, desbarató su plan y el 1 de mayo, perdieron también la sala de lo constitucional y la fiscalía.

Por primera vez en 200 años, la oligarquía perdió su última oportunidad de controlar el poder formal en nuestro país.

Por primera vez en 200 años, no tuvieron otra opción más que salir y dar la cara ellos mismos.

Ya no pueden gobernar desde atrás del poder ejecutivo, ya no pueden gobernar detrás del legislativo, ya no pueden gobernar detrás del judicial. Ya no pueden gobernar desde las sombras. Tuvieron que salir a dar la cara. A pelear por el poder desde su aparato ideológico, desde sus fundaciones, sus tanques de pensamiento, sus ONG u OSC como les llaman ahora.

Pero que los poderes fácticos ahora estén dando la cara, a plena luz del día y con poderosos apoyos nacionales e internacionales, nos demuestra la importancia de nuestro quinto paso, la batalla del pueblo salvadoreño contra el aparato ideológico de los mismos de siempre y la defensa total de lo que nuestro país ha conquistado en estos 2 años.

No vamos a volver atrás. Nuestro país no está dividido como muchos quieren hacer creer. No está polarizado como estos grupos le venden exitosamente a una parte de la comunidad internacional.

Nuestro país estaba polarizado con ellos, dividido literalmente a muerte entre izquierda y derecha, engañado por ideologías en las que ni ellos creían.

Nuestro país no está polarizado, ni dividido, todo lo contrario, por primera vez está unido. Por primera vez, salvo pequeños residuos, no hay izquierda ni derecha, por primera vez, 9 de cada 10 salvadoreños apoyan una visión, a un gobierno, a un Presidente.

Un apoyo así no tiene precedentes, no solo en la historia de El Salvador, sino en la de ningún país del mundo que tenga un sistema creíble de encuestas.

Aquí, en El Salvador, hasta las encuestas de oposición lo aceptan.

Afuera, ni las grandes casas encuestadoras que llevan décadas monitoreando la política salvadoreña, lo entienden.

Pero nosotros sí lo entendemos y sabemos que no es una aprobación gratis, ni un cheque en blanco como muchos dicen, sino que por primera vez, el pueblo es parte de este movimiento, parte de estas transformaciones, parte de esta lucha pacífica entre lo viejo, a lo que no queremos regresar, y el nuevo país que queremos construir. Por primera vez, el pueblo es el único poder fáctico terrenal al que el Gobierno obedece.

Los que queremos un mejor país somos más, prácticamente la totalidad de los salvadoreños. Pero esa ínfima minoría es poderosa y tiene muchísima vocería, además controlan la gran mayoría de medios de comunicación y principalmente el aparato ideológico, que aún domina parte de nuestra forma de pensar.

Para poder tener un país desarrollado, debemos de luchar por ser independientes, en especial, independientes del yugo de las formas de pensar del pasado.

¿Cuántos años pasamos esperando un cambio real en nuestro país?

¿Cuántas generaciones tuvimos que perder?

Cuántas veces hablamos con Gabriela, que está aquí, escuchándome, que había que invertir en la niñez. Si hace años nuestros niños hubieran recibido salud, nutrición, educación, cuidado y atención como merecían… ¿Se imaginan qué tipo de sociedad seríamos hoy?

Muchos de los frutos de los nuevos programas de educación no los veremos en esta generación, pero ese fue el error más grande del pasado: no gobernar para las futuras generaciones.

Hay naciones que una vez estuvieron mucho peor que nosotros y que salieron adelante y ahora todos las admiramos. Pero no fue por arte de magia, ellos tuvieron visión, voluntad y coraje.

Ellos tomaron decisiones difíciles. Fueron firmes. Actuaron cuando tuvieron que hacerlo, aunque fueran decisiones duras en situaciones adversas.

Nos llaman países del triángulo norte, que necesitamos ayuda, tercermundistas, y en cierta forma lo somos, pero ¿por qué no podemos soñar con no depender de eso? ¿Por qué tenemos que sentirnos menos y estar condenados a ser menos? Somos pequeños, pero ¿qué tiene de malo soñar con ser grandes en las cosas que realmente valen? ¿Por qué no podemos lograrlo nosotros también?

Muchas veces nos ha tocado y nos tocará tomar decisiones con las que no todos van a estar de acuerdo, pero ese es nuestro derecho, aunque algunos se incomoden.

Sin las decisiones que estamos tomando ahora, por simple lógica, sería imposible transformar El Salvador.

Pero transformar un país no solo depende de un gobierno o de una asamblea. Depende de cada uno de nosotros.

Depende de que ningún padre de familia abandone a sus hijos.

De que entendamos que la educación empieza en casa.

De que manejar con responsabilidad sea la regla y no la excepción.

Porque a estas alturas no deberíamos ni siquiera botar basura en la calle.

Tenemos que convertirnos en un ejemplo para todo lo que hagamos, desde las acciones más sencillas.

Todos, no el Gobierno, todos y eso los incluye a ustedes, los que están escuchando este mensaje. Y también… a los que no.

Porque El Salvador sí vale la pena.

Estamos haciendo los cambios que nos pidieron, pero si queremos dejar el legado que nuestro país necesita, es necesario que todos los defendamos.

Amemos y defendamos nuestra patria, no porque sea la más grande, ni la más poderosa, sino porque es nuestra.

Que la valentía sea nuestra bandera. Así como en la misma se lee: Dios, Unión, Libertad.

Con Dios por delante, unidos permaneceremos para defender nuestras conquistas y alcanzar nuestro sueño de tener verdadera libertad.

Porque el pueblo defiende al pueblo. El pueblo cuida al pueblo…

Y es por eso, que a 2 años de aquel juramento que hicimos en el 2019, les quiero pedir que se pongan de pie, que vuelvan a levantar su mano y que juremos que daremos esta nueva batalla, juntos.

Acompáñennos desde sus casas, desde sus trabajos, que nos acompañe nuestra valiente y querida diáspora, que nos acompañen todos los salvadoreños de bien.

Levantemos la mano:

Juramos! Defender lo conquistado! Luchar pacíficamente, contra todo enemigo, contra todo obstáculo, contra toda barrera! Juramos! Defender nuestras futuras conquistas! No dejar que los que nos hicieron sufrir vuelvan jamás! No dejar que vuelvan a saquear nuestra patria! Juramos! Que estaremos juntos! Que no nos dejaremos solos en las luchas que vendrán! Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo, para sacar adelante a nuestro país!

Que Dios nos bendiga y que Dios bendiga a El Salvador.

Muchas gracias