Por: Periodista Elder Gómez

Vladimir Putín la ejerce, no solo en Ucrania, sino internamente con una serie de prohibiciones a su pueblo ruso. La han ejercido y la siguen ejerciendo los gobiernos estadounidenses, tanto interna, como externamente con sus «invasiones en pro de la democracia», con una estela de muertos a su paso, «daños colaterales».

Violencia verbal y física entre diputados en la sede de los congresos, no solo los latinoamericanos, sino, en aquellos del «Primer Mundo», como el de Italia, España, donde se supone llegan los probos a través de elecciones populares.
En los últimos años la violencia ha pasado a los centros deportivos, como los estadios, principalmente de fútbol.
Lo que ha sucedido en el estadio «La Corregidora», en Querétaro, México, es una muestra del elevado nivel de violencia que hemos alcanzado los seres humanos, aún por cosas que, al final, ni nos dan comer a las grandes mayorías, aunque debería de nutrir de alegría el alma.

Más de 17 muertos y un número indeterminado de heridos por un partido de fútbol que, en otros tiempos, hubiera sido causa de alegría, de regocijo, de estímulo positivo al alma.

El pasado 20 de febrero, una situación similar pudo haber ocurrido en el estadio «Sergio Torres», de la oriental ciudad salvadoreña de Usulután, entre fanáticos del Club deportivo Águila, y del equipo local, el Firpo.
Barras encandiladas se liaron a golpes a mitad del partido y asaltaron el terreno de juego, como ocurrió en «La Corregidora» de Querétaro, donde, al ver desbordada la violencia, los pocos policías mexicanos que prestaban seguridad al encuentro, decidieron abrir los portones para que el público pudiera resguardarse.
Allí no hubo pudor. Los enloquecidos aficionados de uno y otro equipo, desnudaron a sus rivales, supongo que en busca de tatuajes, los arrastraron y, aún flácidos en el suelo, los seguían golpeando.

La violencia no distingue estratos académicos. La ejercen los educados y los pocos letrados e incultos, se transmite de sangre a sangre.







