Se debe seguir trabajando en prevención del origen de la violencia

En la homilía durante la Transfiguración del Divino Salvador del Mundo, el pasado 5 de agosto, Monseñor José Luis Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador, dijo que, el gobierno salvadoreño debe trabajar por un sistema de leyes que diga un “nunca más” a la corrupción y a la impunidad; que diga un “nunca más” a la explotación minera a base de materiales tóxicos que contaminen nuestros mantos acuíferos; un sistema legal que proteja siempre el derecho al agua y a la seguridad alimenticia; un sistema legal que mejore el sistema público de transporte, y que vele y promueva la defensa del medio ambiente.

Celebramos un año más la solemnidad dedicada al Divino Salvador del Mundo que Transfigurado a los ojos de sus Apóstoles, Pedro, Santiago y Juan quiso recordarnos que no hay resurrección sin cruz. Esto implica que – desde el lugar que cada uno ocupa en la historia – debe trabajar por bajar de la cruz a los pueblos crucificados, pueblos como el nuestro que por siglos ha sufrido la opresión y el olvido de aquellos que han tenido en sus manos el deber de liderarlo con justicia y derecho, como Dios lo ha pedido desde siempre (cf. Mi 6, 8).

Nuestra Conferencia Episcopal ha iniciado el Proceso de Canonización de un grupo grande de nuestros mártires del reciente conflicto armado sufrido en nuestro país. Hoy quiero citar de modo especial a uno de esos mártires, me refiero al Padre Ignacio Ellacuría, quien exactamente diez días antes de su martirio; es decir, el 6 de noviembre de 1989,– recibiendo – como rector de la UCA – el Premio Internacional Alfonso Comín en el Ayuntamiento de Barcelona dijo: Solo utópica y esperanzadamente uno puede creer y tener ánimos para intentar con todos los pobres y oprimidos del mundo revertir la historia, subvertirla y lanzarla en otra dirección (Tomado de: Escritos universitarios del P. Ignacio Ellacuría, p. 301). Profundas palabras que encierran una gran verdad: La historia debe revertirse desde los pobres y oprimidos del mundo porque son ellos las verdaderas y únicas víctimas de la historia. Son los ninguneados, los invisibilizados, los marginados, los excluidos de la sociedad; y, sin embargo, son los que representan a Cristo. El Papa Francisco – citando a Charles de Foucauld – explicaba el año pasado que: (los pobres) son (…) aquellos que del modo más perfecto imitan a Jesús en su vida exterior. Ellos nos representan perfectamente a Jesús, el Obrero de Nazaret. Son los primogénitos entre los elegidos, los primeros llamados a la cuna del Salvador. Fueron la compañía habitual de Jesús, desde su nacimiento hasta su muerte […] (Mensaje del Papa Francisco. VI Jornada mundial de los pobres. 13 de noviembre de 2022).

En el siglo XVI, otro insigne miembro de nuestra Iglesia denunciaba – mientras pedía al Rey de España intervenir en defensa de los indios – que Cristo era una vez más abofeteado y ultrajado en los habitantes de nuestros pueblos originarios. Me refiero a Fray Bartolomé de Las Casas, que respondió a un hombre que le preguntaba por qué deseaba comprar a los indios: Yo dejo en las Indias a Jesucristo, nuestro Dios, azotándolo y afligiéndolo, y abofeteándolo y crucificándolo, no una, sino millares de veces, cuanto es de parte de los españoles que asuelan y destruyen aquellas gentes y les quitan el espacio de su conversión y penitencia, quitándoles la vida antes de tiempo… Desde vi… a Cristo, (que) lo azotaban y abofeteaban y crucificaban, acordé comprarlo… (En su obra: Historia de las Indias, p. 510). Esta ha sido la historia de nuestro pueblo. Es la historia que los victimarios no han querido contar porque tiene pasajes oscuros que sin duda denuncian su pecado de ambición; y quienes han osado escribirla de esta forma han sido acusados de promover leyendas negras. Pasajes oscuros de la historia que la Iglesia siempre ha intentado iluminar. Lo decía Mons. Romero en 1978: La Iglesia se siente lampara de Dios, luz tomada del rostro iluminado de Cristo para iluminar la vida de los hombres, la vida de los pueblos, las complicaciones y los problemas que los hombres crean en su historia, siente la obligación de hablar, de iluminar… (Mons. Oscar A. Romero, El Hijo del hombre, luz del pueblo que peregrina en la tierra, p. 148. En: Homilías T. III). Y, quizás alguien pregunte para qué iluminar esas partes oscuras y dolorosas de nuestra historia. La respuesta la dan los Obispos reunidos en Puebla: Para asumir y desde ahí redimir cada uno de estos pasajes dolorosos (cf. DP 469). No es ignorando la historia como se logra redimirla si no asumiendo sus daños, falencias y vacíos para desde ahí lanzarlos en otra dirección como señaló en su época nuestro Mártir Ignacio Ellacuría. En una dirección que beneficie a este pueblo pobre y sufrido como es El Salvador.

Si iluminamos nuestra historia con la luz del rostro transfigurado de nuestro Señor encontramos cómo desde la Colonia, y todavía más desde la Independencia, la violencia ha golpeado y conducido a la muerte a muchos salvadoreños, principalmente a los más pobres. En la actualidad, esa violencia parece casi superada, pero aún hay muchos retos que asumir para que esa historia de violencia fratricida no se repita. Si queremos revertir la historia desde los pobres es necesario:

❖ en primer lugar; seguir trabajando en el mejoramiento de los procedimientos legales para evitar el encarcelamiento de inocentes: y la pronta liberación de los inocentes encarcelados, o sea la administración de la pronta y cumplida justicia. En cuanto a los culpables, si bien deben cumplir su sentencia – no se les puede abandonar como si fueran sujetos de venganza y no de justicia. Es necesario que, reciban tanto atención espiritual (pues también son hijos de Dios) así como atención psicológica. Debe procurárseles formas de invertir su tiempo no solo con el trabajo – que de por sí dignifica a todo ser humano – sino con buenas lecturas y jornadas de estudio para que el pago de su condena sea un paso que permita su conversión y no sea un momento que los sumerja en la desesperación.

▪ Es necesario también seguir trabajando en la prevención del origen de la violencia. Se necesita superar los vacíos y falencias que hemos sufrido siempre, sobre todo en el sistema de educación pública, se necesita con urgencia:

– la reparación y modernización de la infraestructura escolar,

– la construcción de más escuelas hasta los cantones y caseríos más alejados del país,

– ampliar la cobertura educativa y minimizar la deserción escolar,

– diversificar los programas de estudio considerando a nuestros pueblos originarios que tienen como derecho primario el estudio de su idioma nativo y la conservación de su cultura,

– continuar con la entrega de equipo moderno que facilite el aprendizaje,

– promover el deporte y el arte como formas de esparcimiento y crecimiento sano,

– brindar óptima formación a docentes y familias involucradas en el proceso de enseñanza-aprendizaje de niños y jóvenes.

❖ En segundo lugar, revertir la historia desde los pobres implica invertir grandes sumas de dinero en el área de salud. Reconocemos los esfuerzos hechos últimamente, pero no es suficiente; porque desde el principio nuestro sistema de salud pública ha sido precario. Urge construir una infraestructura digna para la atención humana y ética de los pobres; así como, surtir con los medicamentos necesarios, sin olvidar la óptima capacitación que debe recibir el personal de salud.

❖ En tercer lugar, revertir la historia implica trabajar por el perfeccionamiento del sistema de pensiones que asegure una jubilación digna y vitalicia de todos los trabajadores.

❖ En cuarto lugar, implica trabajar por un sistema de leyes que diga un “nunca más” a la corrupción y a la impunidad; que diga un “nunca más” a la explotación minera a base de materiales tóxicos que contaminen nuestros mantos acuíferos; un sistema legal que proteja siempre el derecho al agua y a la seguridad alimenticia; un sistema legal que mejore el sistema público de transporte, y que vele y promueva la defensa del medio ambiente.

❖ En quinto lugar, revertir la historia implica invertir grandes sumas de dinero en el agro para que nuestros campesinos sean dignificados y motivados a realizar su trabajo; implica luchar por la dignificación del obrero abriendo escuelas y bibliotecas donde puedan perfeccionarse en sus oficios. En sexto lugar, revertir la historia requiere la apertura de fuentes de trabajo; y el acceso a financiamiento para ingresar al mundo del emprendimiento, eso implica – como un día recomendó el mismo P. Ellacuría – sustituir la civilización del capital por la civilización del trabajo (confrontar. Ídem, p. 301). y, la civilización de la solidaridad.

❖ Finalmente, revertir la historia desde los pobres, exige que todas las fuerzas vivas de este país; es decir, los dueños del capital, los que ocupan cargos directivos en educación, justicia, gobierno, religión y todos los campos de la ciencia y el saber, se unan dejando atrás las divisiones exacerbadas por la ideologización y los partidismos que han desangrado por años este país, principalmente a los pobres.

Es necesaria la unidad de todas las fuerzas vivas, solo así el país podrá salir del subdesarrollo. Pero esa unidad y ese trabajo por revertir la historia desde los pobres, no nace solo de una exigencia ética. Nace de una exigencia superior y trascendente.

Hemos escuchado en la primera lectura del libro de Daniel que, el Profeta vio una figura humana a quien dieron poder real y dominio y a quien todos los pueblos, naciones y lenguas respetarán. Su dominio es eterno y su reino no tendrá fin (cf. Dn 7, 14). La Iglesia siempre ha visto en esta figura humana a Jesucristo que ha resucitado y ha ascendido a los cielos, fue exaltado por su Padre quien le concedió un nombre superior a todo nombre, para que, ante su nombre, toda rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo; y toda lengua confiese que: ¡Jesucristo es El Señor! (Flp 2, 9-10). Su reinado no es de opresión sino como bien lo exalta el autor sagrado, en el salmo responsorial de la misa, es un reinado de alegría, de regocijo porque reina la justicia (cf. Sal 96, 1.6). Su Reino y su reinado no son una falacia, mucho menos es una forma de evadir los problemas de la realidad. De esto da testimonio el Apóstol Simón Pedro en su Segunda Carta, lo hemos escuchado en la segunda lectura: Nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo mientras estábamos con el Señor en el monte santo (2P 1, 18). Se refiere a la voz que escucharon Santiago, Juan y él aquel día en que subieron con el Señor al monte Tabor.

Se transfiguró frente a ellos y conversaba con Moisés y Elías (Mt 17, 2-3). Una voz que salía de la nube dijo: Este es mi Hijo muy amado… Escúchenlo (Mt 17, 5), después de lo cual el Señor los invitó a no tener miedo, a bajar de la montaña para vivir los acontecimientos que seguirían y solo después de su resurrección lo comprenderían todo; es decir, que la muerte no tendría la última palabra, Él iba a resucitar y recibir el reino total por eso Simón Pedro y los demás apóstoles anunciaban la venida gloriosa y llena de poder del Señor para juzgar a todas las naciones del mundo (cf. 2P 1, 16).

Qué la celebración de la Transfiguración del Señor, este año no sea una más de nuestra vida, sino un verdadero motivo para luchar por transfigurar nuestro país según el querer de Dios. Pidamos al Divino Salvador del Mundo por intercesión de María santísima y nuestros mártires seamos capaces de revertir nuestra historia en favor de nuestro pueblo pobre que tanta injusticia ha sufrido. Divino Salvador protege y bendice a este tu pueblo que lleva tu nombre. Amén.

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